Elogio de la ignorancia

En nuestro mundo académico, uno de los peores insultos que nos puedne dirigir es llamarnos ignorantes. En el concepto más extendido, el conocimiento consiste en acumular información. Y la ausencia de ella, la ignorancia, la concebimos como algo negativo.

Acabo de recibir un ejemplar de “Ignorance“, un libro que es una reivindicación del desconocimiento como motor del progreso de la ciencia. El autor es Stuart Firestein, profesor de neurociencias en la prestigiosa universidad de Columbia, en Nueva York (Estados Unidos). Digo esto para que nadie pueda pensar que es la obra de un outsider, de un resentido contra el sistema; por el contrario, el autor cumple con creces los cánones para considerarlo un académico prestigioso.

El libro recoge sus reflexiones en relación con una asignatura que imparte, y que lleva el mismo título. Firestein comenta que a la vez que esta asignatura, imparte otra más convencional sobre neurofisiología, que usa como libro de texto un compendio de unas 1400 páginas. El autor comenta que sus estudiantes piensan (equivocadamente) que si estudian todo el contenido de ese compendio serán capaces de saber todo lo que hay que saber sobre el cerebro humano. Por el contrario, en la asignatura sobre la ignorancia, los estudiantes descubren todo lo que queda por conocer sobre este y otros campos de la ciencia humana.

¿Podemos saber lo que no sabemos? Entraríamos en un juego de paradojas si intentasemos contestar a esa pregunta. Lo que si parece sensato que aceptemos reconocer a la ignorancia como un elemento más para avanzar en la ciencia. Richard Proctor, profesor de la Universidad de Stanford, ha acuñado una nueva expresión, la agnotología, para referirse al estudio sistemático de lo que ignoramos para orientar la investigación.

¿Sería posible plantear una asignatura sobre la ignorancia en alguna universidad española?  ¿Estarían dispuestos nuestros alumnos a someterse a una disciplina en la que es más importante demostrar lo que se desconoce que ser capaz de regurgitar lo que se lee en los tratados enciclopédicos que recomendamos a nuestros alumnos? Quiero pensar que si, que se podría hacer, aunque el ambiente académico desde luego no lo propicia. Pero, y si ….

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