El conflicto de interés en la Universidad de Harvard

Hace algunos años encontré un artículo en el que se denunciaba una situación que bien podría haber ocurrido en mi facultad. Un estudiante de la Facultad de Medicina de Harvard había discutido con un profesor acerca de las posible reacciones adversas de un medicamento. El estudiante, que debía ser bastante empollón, conocía que esas reacciones se habían publicado en la literatura médica, pero el profesor las omitió cuando explicó la lección. Cuando el estudiante le hizo una observación al respecto, el profesor reaccionó menospreciando los argumentos de aquel estudiante.

No sé si algún estudiante de mi facultad tendría un conocimiento tan avanzado de la materia, ni cómo habría reaccionado. Pero aquel estudiante se motivó por el incidente, e indagó. Lo que descubrió es que aquel profesor había recibido una gratificación muy sustanciosa por parte de la compañía farmacéutica que comercializaba aquel fármaco de la discordia.

Una de las muchas diferencias que encuentro entre nuestra sociedad y las anglosajonas es el respeto a las normas. En nuestro medio, esa situación que he descrito se habría amenazado con llevarla ante los jueces, y luego como decía Cervantes, “… fuese y no hubo nada”, quedaría sin responsabilidad porque no se podría demostrar “fehacientemente” que las opiniones del profesor estaban determinadas por aquellos honorarios.

Sin embargo, los responsables de la Harvard Medica School abordaron el asunto como una conducta que no debería haberse producido. No trataron de demostrar que se había cometido un delito, sino que analizaron qué condiciones permitían que eso ocurriera, y sobre todo, que hubiera marcado con una sombra de duda la reputación de toda una institución. Contrasta esta actitud con la que encontramos en nuestro país, que a un político que está imputado por diversos delitos cometidos en el ejercicio de su cargo público, su partido lo defiende con la excusa vergonzosa de que “está imputado pero no condenado”.

Volviendo a Harvard, el decano formó un comité que ha estado estudiando el asunto ha elaborado unas normas para evitar lo que llaman “conflictos de interés entre los profesores y la industria (principalmente la farmacéutica, aunque no exclusivamente ella). Sabiendo que la financiación de esa facultad, y por extensión de toda la universidad, depende de los acuerdos con ese tipo de empresas, el hecho de que se restrinjan las gratificaciones a los profesores indica lo serio que se toma en aquellas tierras el asunto de la reputación institucional.

El lector de este comentario puede tratar de imaginarse cómo responderían algunos de los profesores de una facultad de Medicina española, si se intentara implantar unas normas semejantes. A continuación enumero las principales limitaciones que se van a implantar en aquella facultad.

  • Los profesores deben hacer públicas sus intereses acerca de la financiación, a través de una web llamada Harvard Catalyst.
  • A los profesores no se les permite actuar como portavoces o divulgadores de productos de la industria farmacéutica. Tampoco se le permite recibir retribuciones por actuar como conferenciante en condiciones que reducen la independencia intelectual del profesor.
  • También se prohibe que los profesores realicen investigaciones clínicas con productos o dispositivos en los que tengan intereses económicos, ya sea porque reciben gratificaciones en dinero o porque posean acciones de esa empresa.
  • Una prohibición muy curiosa, pero que seguro que aquí levantaría ampollas: se prohibe recibir regalos, viajes o invitaciones para comer.

El impacto de la iniciativa debe haber sido grande, porque la misma universidad ha elaborado un código de aplicación a todos los profesores de Harvard, no sólo a los de Medicina. Otras universidades y algunos hospitales están también elaborando normas similares.

Desconozco si esa iniciativa ha provocado alguna reacción opuesta entre los profesores de aquella facultad. No he encontrado ninguna referencia, aunque supongo que alguno se sentirá perjudicado en sus intereses particulares. Pero lo que personalmente me ha atraido de la experiencia son dos aspectos:

  • El desarrollo consensuado de las normas, mediante la participación de distintos sectores de aquella comunidad. He dicho en alguna otra parte que no todo se puede decidir a golpe de votación, porque de esa forma no se favorece el proceso de adaptación a las ideas y opiniones de otros. Alguno me ha llamado demagogo por esto, aunque viniendo de posturas reaccionarias, es casi  un halago.
  • El hecho de que un estudiante fuera el detonante del proceso me resulta muy interesante, y habla bastante bien del respeto con el que se tratan las opiniones de todas las personas en aquellos ambientes. Acostumbrados como estamos al desprecio hacia las opiniones contrarias, y especialmente cuando proceden de quienes consideramos inferiores, este episodio me parece muy apreciable. Y ¡atención, profesores! Muchos estudiantes, mientras impartimos clase, además de mirar Facebook o YouTube, también se dedican a comprobar si lo que estamos diciendo puede tener errores. Así que conviene no dormirse en los laureles, y actualizar nuestras clases.
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